‘Groenlandia no se vende’ no es un lema contra Trump, es una regla ancestral convertida en Ley
Ni siquiera los propios groenlandeses pueden comprar terrenos y lo que obtienen es un derecho de uso
En Groenlandia, la tierra ni se compra ni se vende. Ni si quiera a los groenlandeses. Y no porque falte espacio sino porque nunca se concibió como una mercancía. Durante miles de años, los pueblos inuit caminaron por este territorio sin poseerlo. El hielo, la roca y el mar no tenían dueño. Todo se contempla como un bien compartido esencial para sobrevivir. Aquí, pensar en poseer la tierra es tan extraño como pensar en poseer el viento. Esta idea ancestral sobrevivió incluso a la llegada del colonialismo cuando la isla quedó bajo administración danesa, no se impuso un sistema clásico de propiedad privada. Y se mantuvo la regla, hoy convertida en Ley, de que todo el suelo pertenece a la comunidad. Por eso hoy, ni siquiera los propios groenlandeses pueden comprar terrenos y lo que obtienen es un derecho de uso: pueden construir una casa, habitarla, venderla, pero el terreno bajo sus pies sigue siendo del Estado. Por esta razón La idea de Trump de comprar Groenlandia es muy extraña para los inuit que suponen casi el 90 % de la población. Ahora la amenaza del interés de las potencias extranjeras por la isla ha provocado que parlamento groenlandés aprobase a finales del año una Ley que permite que sólo ciudadanos y empresas danesas puedan adquirir el usufructo del suelo y los extranjeros que quieran acceder a este derecho deberán haber vivido y pagado impuestos en la isla durante al menos dos años. Groenlandia no se vende no es un lema contra la ambición de Trump, se trata del leitmotiv de los habitantes de Groenlandia con la isla.