Desde ciudades sumergidas hasta restos de la II Guerra Mundial, así se ven los museos submarinos
Las piezas cambian según las condiciones del mar
Mientras miles de personas buscan un hueco en la arena, otros prefieren sumergirse en un museo donde las paredes son de agua y el techo es la superficie del mar. Porque el verano marca el momento de mayor actividad para los museos submarinos del Mediterráneo. Escenarios donde el arte, la historia y la naturaleza comparten la misma sala de exposiciones. Frente a la costa de Marsella, enormes rostros parecen emerger del fondo marino. Son esculturas creadas para convertirse poco a poco en arrecifes artificiales. Aquí, el tiempo no deteriora las obras: las completa con algas y corales.
En Italia, Baia, la antigua ciudad del pecado de la élite romana cerca de Nápoles sucumbió a la actividad volcánica que la sumergió bajo las aguas del Tirreno, convirtiendo el antiguo lupanar de emperadores en una máquina del tiempo para buceadores. A miles de kilómetros de allí, el Mediterráneo también guarda uno de sus mayores tesoros: las ruinas de Alejandría. Columnas, esfinges y gigantescos bloques de piedra descansan donde un día caminaron los faraones. Un pasado legendario que el mar decidió conservar y del que aún se siguen rescatando vestigios.
Croacia ofrece otra inmersión en la historia en el parque de la isla de Losinj, donde sus visitantes pueden recorrer el único Vía Crucis submarino del mundo con esculturas religiosas a tamaño real y también restos de la II Guerra Mundial, que hablan del pasado de la isla hundido en bajo las aguas del Adriático. Pero el mayor parque submarino de Europa no está en el Mediterráneo ni en el Adriático. Se trata del Museo Atlántico de Lanzarote. El Museo Atlántico demuestra que el océano también puede ser una galería de arte. Más de 300 esculturas cambian de aspecto con cada estación, colonizadas por peces y corales. Porque aquí las exposiciones nunca son iguales: el agua, la luz y la vida marina se encargan de reinventarlas cada día.